24/02/2015

—¿De verdad crees que es eso? —Pregunta Milafina recuperando el redondo, pequeño y liviano objeto, que durante su diaria arqueología del desperdicio ha encontrado, rendido en el suelo y a medio entoñar, y que ahora le devuelve el Navegante del Palomar, librero por deriva como librera ella, tras examinarlo maniáticamente a lo largo de ocho horas de riguroso ayuno, y minuciosamente al menos con siete de las distintas y excelentes lupas (alguna de ellas pitonisa), de las que él jamás se separa, y que porta en una amplia bolsa de judas de piel chagrín.

 

—Doscientos noventa y cuatro; setecientos cincuenta y tres; seiscientos dieciocho —habla el Navegante Zarrapastro— ¡Paracelso. No me cabe ninguna duda!... De verdad lo creo, Milafina del Palomar. Lo creo y lo recreo. Fíjate: Firme papel jade maculado de azul, verso y reverso de enigmática coherencia, y ambos encintas de quince. ¡Afirmo
que es un talismán heterodoxo!
—¡Mi tlismán! ¡Es mói! ¡Es mói! ¡Es mói! —De repente se escucha pedir con voz arenosa en la aleta de estribor del Palomar.

Os juro, yo que cuento, que la voz salía del muro del Palomar; y que si ellos, los Navegantes —que lo eran por tener palo/mar—, pudieron captarla, fue porque ellos también estaban en el muro, aunque en piel de sombra, mientras que la voz tenía que venir de una de las en apariencia manchas, que estaban en carne de cal y canto, y que manifestaba llamarse Dismol Quíce.

 


—¿Qué hiciste?... ¡Tú sabrás! —contesta desairadamente el asombrado Navegalibros, que interpreta como pregunta lo que sencillamente es apellido, a la vez que trata de identificar, con ojo experto en amolamientos, desportillados y peladuras, al que ha hablado de entre todo el descascarillado cabotaje, que en este tiempo transporta, estampado en su superficie, el viejo y encalado casco del Palomar.
—¡Ése! Yo aseguraría que es ése el que habla —dijo Milafina Naveganta, apuntando hacia una melladura de buen porte, como quien señala con el índice a un conocido en la plaza concurrida.

 


—Muéstrale el talismán antes de que se confunda entre la multitud. Avíate Milafina —susurra el Navegante.
—¡Eh! ¡Eh, Dismol Quéhiciste! ¡Mira! ¡Mira lo que tengo en la mano!
—¡Ah!... ¡Mi tlismán! ¡Mói! ¡Mói! ¡Es mói!

Añado sucintamente, yo que cuento, que la voz salió alta, clara y singular de la boca del desportillado de excelente apariencia, que indicara Milafina. Y que fue en ese preciso momento cuando el Navegante descubrió el misterio.

—¡Ha llegado él, Milafina! —Así exclama Zarrapastro Navegante cuajado de entusiasmo—. Ha llegado. No ha hecho nada todavía, y ya está justificándose. Fíjate cómo se lamenta: ..."Pero «¿Qué hice?»"...
Dismol Quíce no es sino Dosmil Quince, que trae averiada la maquinilla de las palabras.


—¡Ay, caray!, ¿y eso tendrá arreglo, Zarrapastro? ¡Qué fastidio, si no, durante todo el añito!
—Para lubricar y ajustar este tipo de delicados engranajes y ruedecillas sutiles, he leído que hay un aceite muy  reputado de pies de carnero.
—¿Carnero? ¡Funcionará luego a topetazos! —observa Milafina.
—Tienes razón, ¡quita,!, ¡quita!: le aplicaremos aceite de pies de buey, para que discurra con noble mansedumbre.
—Y el talismán, ¿es de Dísmol? ¿Es suyo?
—¡Y tanto!-... Con un guiño de Paracelso, desde luego; pero es suyo —responde Zarrapastro del Palomar—. En el talismán hay quinces por las dos partes.
—¡Las dos palomas de la cara hacen los cincos!
—Cierto, Milafina. Y la suma de los números de la cruz dan, columna por columna, quince, sumando en vertical, en horizontal o en diagonal. Con el talismán conseguiremos armonizar la suerte este año.
—Pero los talismanes son personales e intransferibles, ¿cómo extenderemos su influencia a los amigos?
—Elemental, Naveganta, transmitiéndosela en Marcapáginas.